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Cielo Violeta - Gabriela Mezzabotta

Camino por el parque y me sorprende la extraña levedad de mi cuerpo; es como si mi alma, en un descuido, hubiera olvidado hasta mi propio nombre. El sol ilumina el paisaje con generosidad, pero a pesar de ser una tarde brillante, su calor no logra encender mi piel. El viento, atrevido, mueve las copas de los árboles, pero noto con inquietud que mi mechón de pelo sigue adormecido sobre mi rostro, inmune al vaivén hechicero.

Las personas que cruzo parecen extraviadas en sus pensamientos. Contengo en mi

garganta las ganas de gritar que hoy me siento libre, que ya no necesito esconderme, que el sonido de sus pasos detrás de mí ya no acelera mi pulso. Intento saludar a una mujer que lee sentada en un banco, pero ella no levanta la vista. Todos parecen sumergidos en sus mundos justo hoy, que quisiera contarles que ya no le temo al monstruo.

Me acerco a la fuente buscando la frescura del agua, pero no logro percibirla. Rodeo el monumento rozando el mármol añejo hasta que me topo con un grupo de chicas que alzan carteles. Son rostros de mujeres; a algunas las reconozco con profunda tristeza bajo el cielo violeta.

De pronto, me encuentro con una mirada familiar. Aterrada, observo mi rostro impreso en el papel frío. Intento gritar y solo hay silencio. Corro y al alejarme comprendo por qué el asfalto no devuelve el sonido de mis tacos.


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