PRÓLOGO: BORRAR EL MIEDO
De chico les ponía nombre a las casas abandonadas. Con mis amigos inventábamos demonios de fuego y anfitriones espectrales. Nos convencíamos de su existencia con una facilidad escalofriante.
Años después, en la fila de la enfermería del liceo, entendí que también se pueden comprar miedos ajenos. Cada cadete que salía actuaba un dolor que yo todavía no sentía. Y mi mente, entrenada en la vereda, construyó el pinchazo antes de que llegue. La aguja no dolió. Dolieron los relatos.
Pero la noche que más me enseñó fue otra. Cuatrocientos metros de tierra sin iluminación, lindante con el cementerio. Una linterna que apenas penetraba la negrura. Y me tocó caminarlo.
El primer paso fue fácil. El segundo, incierto. A cada avance, el miedo se transformaba. Primero fueron las almas en pena de las historias contadas. Recé. Después, cuando descarté los espectros, mi mente trajo perros guardianes al acecho. Corrí. Y cuando descarté los canes, aparecieron hombres malos esperando entre los árboles.
Llegué al final del camino. Y nada de eso pasó.
Años después volví a esa noche. Me pregunté: ¿A qué le tuve miedo realmente?
La respuesta fue clara: temí a lo que nunca ocurrió. Mi miedo nació de mi ansiedad.
Lo mismo pasa frente a un examen, una hoja en blanco, una exposición. La mente proyecta un desastre que no ha sucedido. Te pone en alerta desproporcionada. Y vos crees que el peligro es real.
Pero no lo es.
La ansiedad es la anticipación de un peligro que muchas veces no existe. Es inventar fantasmas en la vereda, es comprar el gesto torcido del cadete, es cambiar de almas a perros a hombres malos en 400 metros.
Borrar el miedo no es volverse valiente. Es entender que el proyector está en tu cabeza. Es apagar la linterna un segundo y darte cuenta de que el camino está vacío.
Es comprender su origen para aprender a controlarla. A darle dirección. A transformarla en impulso en lugar de una barrera.
Si el desapego era soltar las cosas, el miedo es soltarte a vos del guion que escribiste para asustarte.
Este libro es para los que están en la fila de la enfermería. Para los que inventan fantasmas en el recreo. Para los que caminan de noche con una linterna que alumbra poco.
Pasá. El camino mide 400 metros. Pero el miedo mide lo que vos lo dejes medir.
Y al final, casi siempre, no pasó nada.
