El menú del día – Rulo Caba
La sala del comedor respiraba distinto esa noche. Ofrecía el espacio justo para que las palabras fueran apenas murmullos y los cuerpos se movieran con una libertad silenciosa.
Mientras él hablaba de la entropía y del caos del universo, unos sorrentinos con crema de azafrán humeaban, liberando un aroma que evocaba arena y desierto. El amarillo dibujaba un atardecer sobre dunas interminables, como un territorio a punto de revelarse. Ella, en cambio, solo seguía con la mirada el movimiento de sus labios, imaginando ser la nota final, la cereza de un postre sobre el blanco del plato que brillaba en el centro de la mesa. No hubo palabras; no hacían falta. Hoy lo seré, pensó mientras se servía una copa de vino.
Al saborear el rojo del Malbec, él lo notó. Sus ojos se detuvieron en los labios carmesí de ella y le sonrió, cómplice, insinuante. Las miradas se encontraron. Ella soltó su cabello y lo sacudió con un gesto leve. Para él, ese movimiento ocurrió en cámara lenta. Fue una invitación. Él la aceptó, lo excitó.
El caos dejó de ser caos. Se volvió orden. Se volvió destino.
Ambos, en silencio, estiraron ese instante como si el tiempo necesitara abrirse, humedecerse para que ese “algo” pudiera concretarse. La sala quedó en penumbras; la música siguió sin auditorio. Solo el ambiente y ellos…sostenidos por un mismo deseo. Sus cuerpos se fusionaron. Nada más importó. Y ese…ese fue el menú del día.
