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Prólogo: Conversaciones con Don Hilario

El arte del desapego

 

Miles de teorías vuelan alrededor de la palabra desapego. Métodos científicos y empíricos han intentado encontrar la receta mágica para que el hombre aprenda a transitar el camino de la pérdida, de la soledad, de la angustia, del dolor infinito; cuando algo o alguien se nos pierde en el horizonte del olvido.

Lo cierto es que vivimos en una realidad que nos invita a poseer. Estamos en una eterna lucha entre los necesario y lo oportuno y, en este juego macabro, es donde desapegarse puede parecernos un ideal lejano e inalcanzable.

 

Es aquí mismo donde la idea de posesión se nos revela paradójica: para desprenderse hay que tener el control de nuestro corazón, de nuestras emociones; para soltar hay que poseer una herramienta poderosa que nos conduzca a la libertad material y a la paz interior.

 

Sin embrago; desapegarse no significa darle la espalda a la vida y a las comodidades. Es más bien, una manera diferente de relacionarnos con el mundo. Significa transitar un proceso de liberación paulatina, una forma de desanudar las ataduras aprendiendo a luchar con la ansiedad, la codicia, los deseos y las emociones reprimidas.

 

En medio de esta lucha interna entre la falta y el deseo, entre el apego y el desapego, entre el cautiverio y la libertad, entre el amor a otro y el propio; el arte se vuelve el mejor hechicero para conjurar sortilegios que nos alejen de la soledad. Que nos rescaten de la realidad y nos muestren senderos donde la pérdida se vuelva oportunidad y el dolor revele nuestra humanidad para luego transformarnos.

 

Don Hilario, el protagonista de esta mágica novela, nos invita a desheredar el nudo oculto en nuestros pechos, a ponerle palabras justas o silencios oportunos a nuestras incertidumbres, a develar el misterio que esconde el ejercicio utópico del desapego.

 

Este hombre mágico, levita por las calles de un pueblo pintado al óleo, tratando de descifrar el mundo interior de cada habitante, intentando enseñar el extraordinario poder que se esconde detrás del conocimiento de uno mismo. Este ser alado conduce a varias almas errantes a enfrentarse con sus miedos y pérdidas, a asumir sus limitaciones y a hacerse cargo de sus errores. Es el capitán de un velero encantado que navega por las aguas de mundos internos, explorando las profundas dolencias de cada uno de los personajes. Y, en esa lucha personal y desgarradora, él es sombra de mediodía, susurro de medianoche, mano que acaricia, pregón hechicero.

 

Conversaciones con Don Hilario es una invitación maravillosa a repensar los vínculos. Es una gran metáfora que ahonda en lo más profundo del ser humano y te sacude fuerte, haciéndote entender que nunca habrá desapego sin dolor, que nunca habrá soledad sin nostalgia, amor sin desamor, fama sin olvido. Es una alegoría encantada en donde cada objeto, cada paisaje, cada aroma, cada sonido, cada textura; tienen el embrujo perfecto para que la ficción se convierta en soga; para que el arte sea el mejor conjuro para deshacer el maleficio del apego.

 

María Gabriela Mezzabotta

Profesora de literatura y escritora

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