Perfume en el tiempo —Rulo Caba
Pedro despertó ese sábado a media mañana. Se preparó un café. Desde la ventana vio a un motociclista detenerse frente a su casa con un ramo de flores. Cuando escuchó el timbre, sintió un leve sobresalto.
—Seguramente tiene mal la dirección. Yo no he encargado nada —dijo al abrir.
El mensajero leyó su nombre en voz alta, como buscando confirmación.
—Son para usted, señor.
La tarjeta, escrita con letra temblorosa, decía: «Feliz vida, amor». No tenía firma ni año.
Mientras el olor a rosas se mezclaba con el aroma del café recién hecho, Pedro pensó quién podría gastarle una broma así. Su mujer había muerto hacía años, y no conocía a nadie que pudiera enviarle un gesto tan vivo.
Al entrar a su cuarto, el aire estaba impregnado del perfume de ella. En sus labios lo acarició ese sabor a mezcla de habano y vino tinto. Sintió un escalofrío en los dientes y una sonrisa en el cuerpo. La recordó riendo, con un helado en la mano, iluminándolo todo. Los ojos se le humedecieron.
Se miró en el espejo: se vio feliz, más joven, más útil.
Desde entonces, cada 14 de febrero recibe ese ramo como quien recibe un guiño del tiempo: no llora lo que perdió, celebra lo que todavía le calienta las manos.
