A veces barro, a veces aire - Rulo Caba
- Rulo Caba
- 30 jun
- 6 min de lectura
Para Mia
A veces siento que estoy en el barro. A veces, volando en el aire. Se lo dije mientras Elisa apoyaba el mazo sobre el mantel púrpura de terciopelo. Cuando empezó a barajar, mis dedos buscaron la uña del índice y la rasparon sin que me diera cuenta. Era mi primera vez con el tarot, aunque ya había dejado que una quiromántica me leyera las manos. Pero esto… esto me ponía más nerviosa. Como si algo pudiera revelarse de golpe.
No sé bien por qué estoy acá. La incertidumbre de mi futuro es demasiado para mis diecisiete años. Tomar decisiones de adulta me pesa. Tengo tantos miedos. A veces no me siento capaz; otras, me miro al espejo y me repito que sí. Que puedo. Que no es más que una forma de convencerme de que voy a soportar las horas y el peso del estudio.
No es solo el ingreso lo que me asusta. Hay miedos que no digo en voz alta. Miedos que tienen que ver con el cuerpo, con decisiones que no sé si podría tomar, con un futuro que podría romperse de un día para otro.
Por eso vine. A este lugar de luces oscuras y colores raros. Busco un orden, no sé. Algo que me muestre por dónde seguir. Algo que me ilumine.
Yo no soy de las que creen en el destino, pero sí en las señales. Y por señales entiendo esas pequeñas cosas que te cambian el día: si un colectivo va lleno y no lo puedo tomar, pienso que quizá me salvé de algo. Las cosas pasan por algo, dice mi abuela siempre que me alisa el cabello los domingos que podemos compartir. Eso, claro, cuando la noche anterior no me dejó sin fuerzas y no termino encerrada en mi cuarto, durmiendo como un ovillo para no pensar.
Elisa me explica que su método de lectura es el de la cruz celta como si yo fuese una experta. Pone la primera carta sobre el mantel y dice: “La Papisa”. Yo asiento, como si supiera. Cruza otra carta encima y lee: “El Carro”. Ahí mis ojos se detienen. Dos animales que parecen caballos —uno blanco, otro negro— tirando en direcciones contrarias, y la figura de un jinete sosteniendo las riendas, como si intentara dominar esas dos fuerzas opuestas. Así estoy yo. Soy inteligente, pero soy una paja. Si me pongo lo aprendo, pero me disperso. No distingo bien si tiene alas… Recorro la carta con la mirada mientras las manos de Elisa, llenas de anillos, se mueven sobre el mantel. Sus muñecas, rodeadas de pulseras de un brillo apagado y cintas de colores, tintinean apenas. Levanto la vista y veo su cabello: mechones rojos, otros azules, contrastando con el negro original. No es lindo, pero le queda bien. Se nota que no lo hizo una profesional; quizá ella misma, o alguna amiga. Admiro que pueda mostrar sus mambos como si nada. Quién pudiera hacerlo, pienso.
Hay algo en ella que me da envidia: dos mundos distintos, los míos. La que soy cuando estoy en la pieza. Y la que tengo que ser cuando suena el timbre del colegio.
Trago saliva. Mis manos ya se humedecen. Elisa sigue barajando.
El olor a incienso barato me irrita la garganta; hubiera preferido vainilla, pero yo prefiero tantas cosas que no puedo tener. Mi ropa es común. Intento lucir bien, aunque no me la creo mucho. A veces miro a mis compañeras como si hubiera un vidrio entre nosotras: están ahí, pero no llego. Parecen felices. Algo deben esconder, lo sé. Todos guardamos miedos y cosas dentro de alguna cajita metálica, esas donde una guarda lo que no se anima a tirar. Debo prestar atención a Elisa, ya le he pagado.
Ella da vuelta la tercera carta, justo debajo de las dos cruzadas. “Al sur — dice —, lo que arrastrás.” La Torre. Un castillo roto. Personas cayendo, piedras… ya no hay princesa.
Me acuerdo de los cuentos que escuchaba de chica. En ninguno se caía nada. En ninguno la princesa tenía que arreglárselas sola. Capaz por eso esta carta me da un poco de bronca. Tengo ganas de llorar. Me contengo. Creo que la mujer se dio cuenta.
Me toma la mano. No sé cómo explicarlo… no es electricidad. Es como cuando mi amiga Rocío me dice “ya lo vamos a solucionar”, aunque nunca solucionemos nada. Un segundo de calma en medio del derrumbe.
La Rochi es buena amiga. Nos reímos y pasamos horas con el celular, cada una con su pantalla. A veces nos mostramos cosas; casi siempre nos mostramos todo. Cuando seamos grandes, ojalá sigamos viéndonos. Da miedo pensar que cada una hará su vida. Yo sueño con ser médica; ella no. No sabe qué quiere ser… la entiendo. A mí me pasa más seguido de lo que mis papás creen. Y me da terror pensar que un día no nos veamos más.
No se los digo porque viene el discurso de siempre — el sacrificio que hacemos es por tu bien, vos respondé con la misma moneda —. Si tan solo pudieran estar un minuto en mi piel… entenderían.
Ella mueve las manos sobre el mantel y señala la carta de arriba. “Al norte —dice—, lo que vendrá.” La Rueda de la Fortuna.
Hace un silencio largo. Escucho una música medio budista en el fondo. Se pone de pie y me ofrece un vaso de agua; pensará que sigo nerviosa. Ya no. Mis nervios se secaron. Apareció otra sensación: me duele la panza.
Me acerco un poco, pero no distingo bien las figuras. Capaz es un mono… o un perro… o nada. No sé. Mi vista se va para cualquier lado. Me cuesta concentrarme. La carta gira sin girar, como si estuviera viva y yo no pudiera agarrarla. Veo la manivela, pero nadie la mueve.
Todo es así para mí: cosas que se mueven, que casi agarro y se me escapan. A veces pienso que debería poder sostenerlas mejor, pero no sé cómo. Quiero tener metas, pero las cambio, me aburro rápido. Elisa sigue hablando del significado, pero estoy en otro lado. Pienso en el futuro un instante y vuelvo al hoy. Tengo 17 años. Si no disfruto ahora… ¿cuándo?
Ella señala la carta del costado. “Al oeste —dice—, lo que te cruza.” Los Enamorados.
La miro y no sé si son dos personas, o dos caminos, o dos fuerzas tironeando. A veces parece una cosa. A veces la otra. Capaz son las dos. Capaz soy yo.
Pasión e intelecto. Impulso y razón. Lo que quiero hoy y lo que debería querer mañana.
Me quedo un rato mirando esa figura del medio, la que tiene que elegir. O la que cree que tiene que elegir. Yo también siento eso: como si tuviera dos versiones mías adentro, cada una tirando para un lado distinto.
De repente, un gato aparece en la sala. Obvio: negro tenía que ser. Se sienta como en las figuras egipcias, todo erguido, todo seguro de sí. Quedo en suspenso ante esa imagen. Ellos tienen siete vidas, pienso… yo una sola, y encima tengo que decidir.
Es una situación muy random — creo que se escribe así —, de esas que pasan sin avisar y no encajan en ningún lado. Pero igual me queda dando vueltas.
La mujer de pelo pintado me está mirando medio raro, creo que se ha dado cuenta que no la estoy escuchando, pero no es así. La escucho y me enfoco en los dibujos de las cartas imagino y trato de ver, ¡al menos lo intento! Ya se está pareciendo a mi padre que si no lo miro a los ojos cuando habla cree que no lo escucho.
Ya llevo casi dos horas aquí. Siento el sudor en la espalda, el olor a incienso pegado en la ropa. Ella da vuelta la última carta despacio, como si supiera que es la más importante. No escucho lo que dice. O sí, pero lejos, como si hablara desde el fondo de una pileta.
Me abanico con las manos. El cuello húmedo. Trato de atarme el pelo para que el cuerpo respire. Tengo la boca seca y unas ganas raras de irme y quedarme al mismo tiempo.
La carta está ahí, quieta, mi cuerpo se mueve. No sé si es miedo, o alivio, o las dos cosas juntas. Es como cuando te cae encima una verdad chiquita, sin pensarlo, sin buscarla.
Elisa sigue hablando, señalando símbolos, explicando cosas. Yo solo miro un punto de la figura que ni sé cuál es. Veo una especie de cuchillo… una guadaña, creo. No me interesa mucho. Lo último que escuché fue: “No es lo que parece… es una transformación.”
Y ahí entiendo —no con la cabeza, con el cuerpo— que lo que venga no depende de lo que diga ella. Depende de mí. De cómo me agarre. De cómo me suelte. De lo que me anime a ver.
Vine para que me dijeran algo sobre mi futuro y al final me estoy llevando otra cosa: a mí misma, sin maquillaje, sin disfraz.
Es raro esto del esoterismo. ¿No?

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